
– ¿Qué le pasa?
– Después de la actuación, estaba tan cansada que se quedó dormida en el sofá, pero, desde luego, no se está comportando como suele hacer.
– Yo también me he dado cuenta -dijo Evan limpiándose la comisura de los labios con la servilleta-. Supongo que no podemos entender la presión a la que ha estado sometida -añadió mirando a Raúl-. Me recuerda a alguien que haya sufrido una conmoción.
Estaba claro que Evan había percibido la tensión en el estudio. Seguro que se estaba preguntando qué había sucedido entre Heather y su invitado.
Raúl tenía la respuesta. Él sabía el estado mental de Heather porque, tras su encuentro, él estaba igual, pero no podía hacer nada. Heather se iba a la costa Este en menos de diez horas y la semana siguiente a Austria. «Dios».
– ¿Phyllis? No sabes cómo te agradezco que te hayas ocupado de ella y que nos hayas preparado esta maravillosa cena, pero es tarde y debo asegurarme de que mi hija duerma para que mañana no pierda el vuelo.
Si Raúl hubiera sido más listo, tendría que haber ignorado la tentación, haberse despedido del doctor Sanders alegando cansancio y haber desaparecido escaleras arriba, pero nunca había tenido menos sueño.
La verdad era que nunca se había sentido tan fuera de sí. Era una sensación muy rara.
Recogió los platos y entró en la cocina, donde se encontró con Heather, que estaba tomándose un par de aspirinas.
El dejó los platos sobre la encimera y se quedaron mirándose.
– Tu padre se quiere ir.
– Debe de estar muerto de cansancio. Tendría que haberse ido a dormir hace tiempo; Supongo que después del vuelo, tú también estarás rendido. Me alegro de que hayas venido, por los Dorney -dijo con voz temblorosa.
– Pero no por ti.
Ella desvió la mirada.
– No… no he querido decir eso.
