– ¿ Qué has querido decir?

– Nada -murmuró-. Supongo que ha llegado el momento de decirnos adiós. Buena suerte, doctor Cárdenas. Espero que encuentre todo bien cuando vuelva a su país.

Si lo hubiera hecho a posta, no podría haberle dicho nada que lo turbara más porque Raúl no tenía ninguna esperanza de encontrar, alivio al llegar a su país. No cuando sabía que habla una mujer de intensos ojos azules y pelo sedoso en alguna parte del planeta…

– Yo no hace falta que te desee buena suerte porque eres una mujer de talento, Heather. Si tocas en todos tus conciertos como lo has hecho hoy, llegarás a ser mundialmente conocida.

– Gracias -contestó sin expresividad.

En ese momento, su padre abrió la puerta de la cocina. Algo le dijo a Raúl que no era santo de devoción del doctor Sanders.

– ¿Lista, cariño?

– Voy.

– Doctor Cárdenas… -le dijo despidiéndose con la cabeza mientras le pasaba a su hija el brazo por los hombros-. Encantado de conocerlo.

– Lo mismo digo, doctor Sanders.

– Espero que disfrute de la estancia con Evan y con Phyllis.

«Pero ni se le ocurra acercarse a mi hija», pensó Raúl como leyéndole el pensamiento.

– Ya lo estoy haciendo. Adiós.

Volvió a mirar la cara de Heather por última vez antes de que saliera de la cocina y de su vida.

Cuando se fueron, sintió un tremendo vacío.

En las últimas horas había sentido más cosas que en todos aquellos años, desde que tenía nueve, pero el dolor de perder a sus padres había sido muy diferente al que sentía en aquellos momentos.

Lo que sentía era una agonía tan grande que no podía describirla. La intensidad de la pérdida lo desgarraba.

«Dios».

Después de treinta y siete años, por fin, le estaba ocurriendo.


– ¿Heather? ¡Espera!

«No. Todd, no».

No quería hablar con nadie. Podía hacer como que no lo había oído.

– Eh… -dijo el rubio pianista de Michigan llegando a su lado-. He estado esperándote para darte la enhorabuena por el Bacchauer. Todo el mundo habla de ti. ¡Eres famosa!



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