– No creo que sea para tanto, Todd, pero muy amable por tu parte -contestó yendo hacia el cubículo donde ensayaba. Todd no se separó de ella.

– Me gustaría invitarte a cenar espagueti esta noche. ¿Tienes planes?

Heather sacó las llaves del bolso, abrió la puerta y lo miró.

– Me temo que sí. Son casi las tres y quiero ensayar, como mínimo, seis horas, así que me van a dar las nueve, pero muchas gracias.

Todd se metió las manos en los bolsillos e hizo equilibrios sobre los talones.

– ¿Y mañana? -preguntó esperanzado. Heather se sintió culpable.

Heather nunca había salido con él si no había sido en grupo. No le interesaba ni él ni ningún otro hombre. El viaje a Salt Lake le había hecho entender por qué.

Aquello había sido como un terremoto. No había podido contárselo a nadie.

– No puedo, Todd. Lo siento. Pasado mañana me voy a Viena y tengo que ensayar todo lo que pueda. Gracias de todas formas -contestó entrando y cerrando la puerta con llave para que nadie la molestara.

Era el único sitio donde podía estar sola. En la residencia, compartía habitación con otra chica, pero allí no había paz desde que se habían enterado de que había ganado el premio.

Todos se habían portado de maravilla con ella y les agradecía su interés, pero aquello de que le dijeran continuamente el gran futuro que tenía por delante como concertista la desconcertaba.

Allí, donde nadie la veía y podía dar rienda suelta a sus sentimientos, se sentó al piano y ocultó el rostro entre las manos. Era lunes. «Estará volando hacia Argentina». No podía soportarlo.

Desde que lo había visto aparecer en el estudio de los Dorney, se había sentido atraída por él y por el contacto de sus manos en los hombros. No había podido olvidar lo que le había dicho porque ella sentía lo mismo por él.



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