
– Soy el doctor Cárdenas, un amigo suyo de Salt Lake. ¿Sabes si está en el edificio?
Las palabras «Salt Lake» le debieron decir algo porque le contestó.
– Esa es su sala de ensayo -dijo el chico indicándole la puerta que tenían enfrente-, pero yo no la molestaría si fuera tú.
Raúl sintió que se le aceleraba el pulso. Heather estaba allí. Cerró los ojos un momento.
– Se va de gira -añadió el chico corno si fuera su representante y guardaespaldas todo en uno-. Déjeme a mí el recado y yo se lo haré llegar.
«Claro, seguro».
– Te lo agradezco, pero mi avión despega en breve y no puedo esperar. Gracias por la información.
Ignoró el ceño del joven y se dirigió a la puerta. La oyó tocar el concierto para. Piano número uno de Brahms, otro de sus favoritos. Sintió que se derretía. Llamó a la puerta.
Heather había creído que podría quitarse de la cabeza a Raúl Cárdenas con una buena sesión, pero se había equivocado completamente. Para su consternación, la soledad del cubículo la llevó a pensar única y exclusivamente en él.
Al oír que llamaban a la puerta, no hizo ni caso. Rezo para que la persona que estuviera llamando se fuera y la dejara en paz. No creía que fuera Todd.
Volvieron a llamar.
Con violencia, terminó de tocar, se levantó y abrió la puerta con cara de pocos amigos.
Se quedó de piedra al ver aquella cara bronceada y aquellos ojos del color de la medianoche que la habían encendido hacía tres noches.
No llevaba tacones, así que parecía más alto de lo que era, un metro ochenta y ocho y tenía el pelo más rizado por la humedad. Era' el hombre más guapo que había visto en su vida.
Heather se agarró a la puerta para no caerse al suelo. Quería hacerle tantas preguntas que no le salía ninguna. Temió que hubiera ido a buscarla Porque hubiera pasado algo en su casa, así que no dijo nada.
