Raúl intentaba recuperar el aliento. La recordaba con aquel vestido largo negro que lucía en el concierto. No estaba preparado para verla con cola de caballo y pantalones cortos. No iba maquillada y estaba para comérsela.

– El guardaespaldas que tienes en el vestíbulo me ha dicho que no querías que te molestaran. ¿Es cierto? -preguntó con voz aterciopelada.

¿Guardaespaldas? Heather frunció el ceño.

– Ah… Supongo que te refieres a Todd -contestó cuando, por fin, logró hablar. Vio al joven que los miraba-. No es guardaespaldas, es otro alumno del centro.

Raúl no dejó de mirarla.

– Él no parece pensar lo mismo.

Heather no se podía creer que, en lugar de estar de camino a Suramérica, Raúl estuviera delante de ella.

– ¿Le ha ocurrido algo a mi padre o a los Dorney? ¿Por eso has venido? -le preguntó angustiada.

Raúl apoyó una mano en la jamba de la puerta.

– Me temo que el problema está más cerca. Me ha pasado algo a mí.

– No te entiendo.

– ¿Qué dirías si te dijera que cambié el vuelo solo porque quería volver a verte?

Heather sintió que se ruborizó de pies a cabeza.

– Yo… creía que estabas de camino a Argentina.

– Así es. Dentro de veinte minutos, me tengo que ir al aeropuerto.

«¡No!».

– Entonces, ¿para qué te has molestado en venir? -gritó.

Heather lo oyó tomar aire.

– Tal vez para asegurarme de que no eres producto de mi imaginación.

– No deberías haber venido -dijo ella sin saber dónde mirar.

– Tienes razón, pero, por primera vez en mi vida, he hecho algo contrario a lo que me dictaba la razón.

Heather se mojó los labios nerviosa.

– Esto… esto es demasiado pronto después de lo de Salt Lake.



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