
Su sinceridad era tan arrebatadora como la noche en que se conocieron. Raúl masculló un epíteto y se paso la mano por el pelo. Se irguió por completo.
– ¿Quieres que te deje seguir ensayando?
– No… -contestó desolada ante la idea de que se fuera y la dejara más triste que nunca.
La miró a la boca.
– Heather, ¿adónde podemos ir para estar solos?
Aunque no se estaban tocando, percibió que Heather estaba temblando.
– Aquí.
Por fin había dicho las palabras que él se moría por oír. Raúl sabía que, si entraba, su vida cambiaría. Tenía la corazonada de que ella también lo sabía. Era como si pudieran leerse el pensamiento.
Dudo, como dándole una última oportunidad. De que, no lo sabía exactamente. Ella se quedó allí, de pie, esperando…
Sin poder resistirse, entró. Dio el paso definitivo. Al cerrar la puerta, vio la cara de sorpresa del joven.
Raúl cerró con llave y se giró hacia ella.
– Sabes lo que quiero hacer.
– Sí -contestó ella-No he podido quitármelo de la cabeza.
– Entonces, ven aquí, muchacha -le rogó Raúl.
Heather fue hacia sus brazos lentamente y levantó la cabeza para besarlo. Él la levantó del suelo. No se podía ni imaginar lo que iba a sentir al acariciar y besar a Heather Sanders.
Su respuesta fue tan cálida que rompió todas las barreras e hizo que fuera Raúl quien temblara. Había oído la pasión que ponía al tocar y se había pasado las noches en vela imaginándose cómo sería sentirla entre los brazos, pero la realidad iba más allá de cualquier fantasía.
Comenzaron a moverse y a respirar a la vez. Quería saberlo todo sobre ella y no podía parar lo que estaba sucediendo, como tampoco podía pararlo ella.
Heather nunca había sentido aquella gloria.
Los besitos que se había dado con los chicos con los que había salido no tenían nada que ver con aquel rapto de lujuria. Raúl había despertado en ella un apetito insaciable. No quería que aquello terminara nunca.
