
– Madre de Dios. Te deseo, Heather. Te deseo tanto que podría comerte viva -dijo apretándola contra sí-. ¿Cómo lo vaya hacer para separarme de ti, mi amor?
Anonadada por la euforia sensual, al principio, Heather no se paró a pensar en aquella frase, pero, cuando lo hizo, sintió una punzada de dolor y se apartó.
– ¿Cómo puedes decirme que me deseas y hacerme esa pregunta como si nada? -le gritó temblando como una hoja.
– ¿Cómo no te lo iba a decir? Está claro que no tenemos futuro. No tengo derecho a tocarte. Si tu padre se enterara de que he venido…
Heather se apoyó en el piano.
– Será mejor que te vayas -se forzó a decir-. Vas a perder el avión.
Raúl se sintió como si hubiera corrido durante kilómetros y le faltara el aire.
– Me parece que he cometido un grave error viniendo.
Ella levantó el mentón orgullosa.
– Si lo dices por mí, no tienes por qué preocuparte. Hemos satisfecho un capricho. Solo era eso.
Raúl negó con la cabeza.
– Es la primera mentira que me dices desde que te conozco -le dijo con expresión dura-. Ojala fuera cierto.
Heather no dio su brazo a torcer.
– El tiempo lo cura todo. Vivir en continentes diferentes nos ayudará a superarlo.
– No te lo crees ni tú.
– No pienso tener una aventura contigo.
Hubo una larga pausa.
– Tienes mucho que aprender sobre mí, Heather. Solo te tomaría una vez bendecidos por el lazo del matrimonio, pero eso está fuera de cuestión.
Otra puñalada.
Un médico de treinta y siete años que vivía en un poblado sin mujer no estaría dispuesto a casarse con la primera que se le cruzara en el camino. Heather no quería oír más.
– Por favor, Raúl, vete.
– No quieres que me vaya.
– ¿Qué quieres? -le gritó exasperada.
Raúl apretó las manos.
– Ayúdame, no lo sé. No tengo una vida convencional. Tú acabas de empezar con tu carrera de concertista. Tienes un futuro maravilloso por delante. Un noviazgo normal está fuera de cuestión por razones obvias que no hacer falta ni mencionar.
