
– No digas eso.
– ¿Por qué? -le espetó-. ¿Porque sabes que es verdad?
Heather se dio cuenta de la lucha que Raúl estaba librando en su interior.
– Heather, eres demasiado inocente.
– Concédeme el beneficio de la duda. El mes que viene, cumpliré veintiséis años. Casi todas mis amigas están casadas y algunas tienen hijos. Visto que el matrimonio no entra en nuestros planes, te has creído que eso quiere decir que no puedo tener vida personal. Vete al… -se dio la vuelta para que no la viera llorar.
Milagrosamente, sintió sus manos en las caderas y se derritió.
– Yo quiero pasar la noche contigo tanto como tú, mi amor -le susurró en el cuello-. Vamos a dejar de perder el tiempo. Conozco un sitio a una hora de aquí donde podré amarte cómodamente.
«Raúl».
Sintió que el corazón le daba brincos de alegría y se giró en busca de su boca.
Capítulo Tres
Mientras el doctor Sanders y Franz conversaban sentados en la habitación del hotel, Heather se puso a mirar por la ventana. Hacía tres días que no paraba de llover en Bruselas.
Le habían dicho que era típico a mediados de septiembre, pero odiaba el cielo gris. El mal tiempo no hacía sino agrandar la depresión que la había acompañado durante la gira por Europa. Franz no le había dicho nada, pero ella era mejor juez que nadie y no estaba convencida de cómo había tocado.
Desde la inolvidable noche que había pasado en brazos de Raúl había esperado una llamada o una carta pidiéndole que se vieran en algún sitio. Algo que le indicara que no podía vivir sin ella y quería que se fuera a la selva con él en secreto, se había estado preparando para esa posibilidad.
Después de tres meses sin saber nada de él, se había convencido de que, a pesar del placer que se habían dado mutuamente, él había decidido no volverla a ver.
El silencio la estaba matando. No se podía imaginar el futuro sin él había terminado la temporada de conciertos y nada de lo que le proponían le apetecía. Si no podía estar con Raúl, no quería nada.
