Ya no estaba en la escuela Juilliard, así que, si decidía establecerse en Nueva York entre los conciertos que su agente le consiguiera, tendría que alquilar una casa. Su padre estaba dispuesto a ayudarla, pero ella nunca se había sentido en Nueva York como en casa y nunca sería así.

Franz y su mujer, que vivían en Linz, le habían vuelto a ofrecer su residencia de verano en Viena para los dos próximos años.

Ninguna de las dos opciones le llamaba la atención. Prefería volver a Salt Lake y vivir con su padre. Lo que realmente quería era dejar de dedicarse profesionalmente al piano y pasar a dar clases para tener tiempo de ocuparse de él. Sin embargo, le daba miedo decírselo porque estaba segura de que su padre jamás lo entendería.

– Cariño, ven a terminar de desayunar con nosotros y dime qué has decidido hacer. La limusina vendrá a recogerme en breve para llevarme al aeropuerto.

Heather se sentó y se sirvió una taza de té, lo único que no la hacía vomitar. Hacía diez semanas que el médico la había empezado a vacunar de fiebre amarilla y malaria. En aquel tiempo había tenido náuseas y había perdido el apetito.

– Si a ti te parece bien, Franz, preferiría quedarme en Viena de momento.

– ¡Excelente! Tengo miles de invitaciones para que toques en Salzburgo y en Innsbruck. Tu carrera irá mucho más deprisa si te quedas en Europa. Hablaremos de ello esta semana cuando vuelva a Viena. Perdonadme, pero me tengo que ir. John, que tengas un buen vuelo -contestó Franz estrechándole la mano a su padre-. Tú ya tienes llaves de la casa. La doncella te estará esperando y tendrá lista tu habitación.

– Gracias, Franz -le dijo abrazándolo antes de que se fuera.

– Me alegro de tu decisión -dijo su padre-. Estoy más tranquilo si sé que Franz y su mujer estarán pendientes de ti -añadió yendo a la habitación por las maletas.



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