
– Papá -dijo ella siguiéndolo.
– Dime, cariño.
– Tú estuviste con mamá hasta el final. ¿Qué dijo exactamente sobre mi… mi futuro?
– Dijo que no le gustaba nada la idea de dejarte en un momento tan delicado. Yo le prometí que me ocuparía de que sus sueños se hicieran realidad. Desde el cielo, sé que estará contenta de ver que su hija deleita a miles de personas con su don. La interpretación de ayer de Beethoven fue magnífica -contestó poniéndose el sombrero-. Bueno, ya estoy. Acompáñame abajo -concluyó agarrándola del brazo.
– No me has dicho por qué Evan y Phyllis no han venido a este último concierto contigo. Creía que iban a venir.
– Esa era su intención, pero el niño que Evan operó en el hospital del poblado argentino hace unos meses ha tenido complicaciones y tuvieron que volver a ir para operarlo de nuevo, así que ya no podía tomarse más días libres.
«¿Evan ha vuelto a ver a Raúl?» ¿Y su padre no le había dicho ni una palabra?
– ¿Qué tal está el doctor Cárdenas? -preguntó con el corazón a cien por hora.
– No tengo ni idea. ¿Por qué?
– Evan lo quiere mucho -contestó ruborizándose.
– Phyllis y Evan deberían haber adoptado un hijo en cuanto se casaron. Habrían sido unos padres maravillosos. La edad es lo de menos. Mira qué bien se portan contigo.
«Evita hablar de Raúl».
– Desde luego. Son maravillosos.
– Gracias a Dios que tu madre y yo te tuvimos a ti. Te voy a echar de menos, cariño. Llámame. ¿Vendrás para el día de acción de gracias?
– Claro -contestó sintiendo una inmensa ternura hacia su padre-. Papá, cuídate. No trabajes mucho. Te quiero.
– No te preocupes por mí. Lo que es importante es el piano.
Heather sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas porque era imposible hablar con él.
Se volvieron a abrazar antes de que el doctor Sanders se metiera en la limusina. Heather le dijo adiós con la mano y subió a su habitación dándose cuenta de que no podía seguir así.
