
La última vez que había visto a Raúl había sido porque él había ido a visitarla por sorpresa. Ella había tomado todas las precauciones sanitarias y tenía el visado. Podía ir a verlo.
La selva no podía ser tan inhabitable como él se lo había puesto. Raúl tenía que saber que lo seguiría al final del mundo. Necesitaba volver a verlo.
Agarró el teléfono, marcó el número de la agencia de viajes y reservó un billete a Nueva York, de allí a Buenos Aires y otro a Formosa, situado al noreste de Argentina. Desde allí, iría en avioneta hasta Zocheetl.
Tenía unas ocho horas para prepararse. Lo primero era avisar a la doncella de Franz para decirle que había decidido tomarse unas vacaciones antes de ir a Viena.
Era más de medianoche. Desde aquel encuentro con Heather hacía tres meses, tenía insomnio. No se metía en la cama a no ser que estuviera exhausto y supiera que iba a caer como un tronco.
Se dio cuenta de que aquella noche no le iba a ocurrir. La opción era quedarse en la consulta lidiando con la enorme pila de documentos y correspondencia.
La última carta que abrió lo llenó de furia. Le informaban de la muerte de otro indígena por vertidos en el río Pilcomayo.
Llamó a Elana, una de las doctoras con las que trabajaba.
– ¿Qué te tiene tan enfadado? -preguntó la mujer entrando en su despacho y encendiéndose un cigarrillo.
– ¡Mira! -le contestó tendiéndole la carta. Ella la leyó.
– Es la tercera víctima en menos de seis meses por la misma causa.
– Exacto. Mañana por la mañana, me voy a Formosa.
– Raúl… Ya has hablado con todas las autoridades y no has conseguido nada.
– Esta vez voy a ir hasta lo más alto. Tenernos documentación de sobra. Si tú me cubres el tumo de mañana por la tarde…
– No hay problema -contestó ella-. Como médico, me gustaría que supieras que estás exhausto. Te lo digo en serio. Has debido de perder unos cinco kilos desde que ha vuelto de Estados Unidos.
