«No empieces, Elana». -No lo sé.

– No me malinterpretes. Estás estupendo, pero no puedes seguir durmiendo dos o tres horas. No eres inmortal.

«Cuéntame algo que no sepa ya».

– Como mujer, te diré que tengo el remedio para la tensión que te tiene así. Sea lo que sea, tienes que olvidarlo -añadió haciendo una pausa significativa-. Pasa la noche en mi cabaña.

La invitación de Elana no lo pilló por sorpresa.

No era la primera vez que se preguntaba por qué no se sentía atraído por ella. Dios. Cuando pensaba en Heather, en la atracción inmediata que había sentido por ella…

Aquella brasileña de pelo color azabache y tez pálida era muy guapa. Estudió sus ojos oscuros y sus labios carnosos, intentando saber por qué la química no funcionaba con ella.

– Me miras como si fuera un bicho raro-murmuró ella-. No creo que te sorprenda saber lo que siento por ti.

– Elana, no sabes lo que sientes por mí. Te acabas de divorciar.

– Quizá, si nos acostáramos, ambos empezaríamos a sentirnos más humanos de nuevo.

– Eso no solucionaría nuestros problemas -contestó él. «Te lo digo por experiencia».

Tener que dejar a Heather después de una noche de pasión lo estaba destrozando. Lo único que lo mantenía ilusionado eran las noticias que Evan y Phyllis le habían dado sobre la gira europea, pero había tenido que tener cuidado para no mostrar excesivo interés.

– Nunca has querido acostarte conmigo, ¿verdad?-preguntó Elana-. Sin embargo, tampoco has traído a ninguna otra mujer aquí.

– Pocas mujeres pueden aguantar vivir en el Chaco-contestó él pensando que Heather habría soportado un par de horas-Tú eres una excepción.

– Pero no te sientes atraído por mí -dijo apagando el cigarrillo-. Has cambiado. Me he dado cuenta desde que volviste de Estados Unidos. Seguro que la mujer que conociste allí es una diosa. Rubia y de ojos azules, supongo.



29 из 99