
«Eso y mucho más, Elana. No te lo puedes ni imaginar. Me parece que no voy a tener más remedio que ir a Viena».
– Ya que estamos hablando de cosas personales, te voy a decir algo y espero que no te lo tomes a mal -dijo Raúl echándose hacia delante en la silla-. Marcos no va a seguir insistiendo toda la vida en que salgas con él si tú no paras de meterlo en el mismo saco que a tu ex marido.
– Pensaré en ello -murmuró levantándose-Debería odiarte, pero no puedo. Te veo mañana por la tarde. Buena suerte.
– Gracias, Elana.
– ¿Actriz famosa americana? -preguntó el más alto al llegar junto a ella y agarrando su maleta.
Los dos le miraban el pelo fascinados. -No, soy amiga del doctor Cárdenas.
– Viene al hospital -sonrieron.
Tuvo que acelerar el paso para ir a su ritmo.
Oyó que la avioneta despegaba. Vio a un hombre en un laboratorio.
– ¿Raúl? -dijo corriendo hacia él.
No, era más bajo y tenía rasgos más latinos.
Sintió ganas de llorar.
– No soy Raúl, pero me gustaría serlo -contestó él mirándola con unos ojos negros como el carbón-. Soy el doctor Marcos Ruiz.
– Me llamo Heather Sanders -dijo ella tomando aire-Vengo desde Bélgica para ver al doctor Cárdenas, pero él no lo sabe.
– No está -contestó el hombre atusándose el bigote y mirándola preocupado-. Está usted como si se fuera a desmayar. Venga conmigo.
Si no la hubiera agarrado de la cintura, se habría caído al suelo. Lo veía todo nublado mientras entraba en la cabaña. Los dos indígenas entraron con la maleta.
El interior, equipado con un pequeño aparato de aire acondicionado, estaba más fresco de lo que ella esperaba. El médico la tumbó en el sofá y le puso los pies en alto.
– Bébase esto, señorita Sanders. Todo el mundo se deshidrata al llegar aquí. El azúcar le hará bien. Todavía le llevará unos días aclimatarse -le indicó llevándole una botella de zumo.
