– ¿Aunque haya venido para pedirte un gran favor?

– No me importan las razones. ¡Lo importante es que estás aquí! -gritó-. Es lo único que importa.

– Exacto -confirmó su mujer extendiendo los brazos para abrazarlo. -Phyllis, qué guapa estás.

La pelirroja se enjugó las lágrimas.

– Estoy más vieja, soy consciente de ello, pero tú… ¡estás guapísimo! No me puedo creer que no te hayas casado.

– No me he casado porque no he encontrado a nadie como tú.

– ¿Con todas esas bellezas suramericanas?

Raúl había salido con muchas mujeres, pero nunca había sentido algo tan fuerte como para pedir a ninguna de ellas en matrimonio, para desconsuelo de sus tíos. Vivir en una ciudad como Buenos Aires era una cosa y sobrevivir en un minúsculo poblado como Zocheetl era otra…

– Bueno, ya sabes que para que eso ocurra tengo que sentir como si la Tierra se estuviera estremeciendo, y todavía no ha sucedido.

Aunque estaba más ocupado que nunca había un vacío en su alma que nada podía llenar. Tenía la esperanza de que un tiempo con los Dorney lo ayudara a curarse.

– Porque vives muy solo. Si te quedaras aquí, en Salt Lake…

– Phyllis-advirtió su marido-. Déjalo en paz. Acaba de llegar después de un viaje agotador. Vamos a por las maletas y a casa.

– Cuánto me apetece estar allí.

En menos de una hora llegaron a la elegante y tradicional casa de dos plantas que había sido su hogar lejos de su país natal. Le habían preparado su habitación de entonces.

Se refrescó un poco en el baño y bajó al salón con ellos. Para su sorpresa, Phyllis se había puesto un vestido de noche azul.

– Estás guapísima. ¿Adónde vas tan arreglada?

– Al auditorio. Sabes quiénes son los Sanders, ¿verdad?

– Claro, vuestros mejores amigos. Ella murió de cáncer hace un par de años, ¿no? Tienen una hija.

– Exacto. La semana pasada, Heather ganó un premio internacional de piano llamado Gina Bacchauer. Esta noche va a interpretar la sinfonía con la que ganó acompañada por la orquesta de Utah.



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