
La avioneta acababa de bajar el morro para tomar tierra. Heather cerró los ojos creyendo que se iban a estrellar.
«Raúl», gritó su corazón.
Al sentir el tren de aterrizaje en el suelo, los abrió y vio que todo había salido bien y que el aparato estaba intacto. Habían aterrizado en una pista de hierba y se dirigían a un poblado de madera.
La avioneta se paró y ella se desabrochó el cinturón para dirigirse fuera.
– ¿ Ve? Ha llegado sana y salva a Zocheetl -le dijo la piloto acompañándola-. El hospital es el edificio grande y encontrará al doctor Cárdenas allí.
Heather le dio las gracias y vio a dos indígenas que corrían hacia ella vestidos con ropas modernas. Se encontraba algo mareada bajo aquel sol de justicia y se maravilló de la energía que parecían tener ellos.
No tuvo que insistir mucho. Al cabo de unos minutos, Heather se había bebido la botella entera.
– Gracias, doctor Ruiz. Me siento muy débil.
– No se preocupe. Volverá a recobrar las fuerzas, pero si viene de Europa debe de estar exhausta. Quédese ahí tumbada y duerma. Voy al hospital a ver dónde está Raúl.
– Gracias, ha sido usted muy amable conmigo.
– De nada -dijo él desapareciendo seguido por los dos indígenas.
Cuando volvió a abrir los ojos, Heather se dio cuenta de que había estado durmiendo más de dos horas.
– Vaya, se ha despertado! -la saludó el doctor Ruiz desde la silla donde estaba leyendo.
Heather se sentó y puso las piernas en el suelo.
Se sentía mejor.
– Parece que se ha recuperado un poco.
– Gracias a usted.
– Le he pelado una naranja -le dijo pasándole un plato-. Le hará bien.
– Gracias -contestó comiendo unos gajos-Está deliciosa.
– Me alegro de que le apetezca comer. Le diré a la cocinera del hospital que le prepare un emparedado.
– Estupendo. Le pagaré todo esto. Marcos se rió.
