
– No hace falta. Soy médico y es mi trabajo.
– Mi padre siempre dice eso.
– ¿Es médico?
– Sí, tocólogo -contestó terminándose la naranja-. ¿Ha localizado a Raúl?
– No. Juan me ha dicho que se fue esta mañana temprano a Formosa, pero volverá esta tarde a última hora, así que su avión llegará en cualquier momento.
– Perdone por ocasionarles molestias. Quería darle una sorpresa, pero no sé si ha sido una buena idea.
El doctor sonrió.
– A los que sí que ha dejado sorprendidos ha sido a Tekoa y a Ponga. Nunca habían visto un pelo como el suyo, que brilla como el oro al sol. Para un hombre que nunca ha visto a una mujer con rasgos escandinavos, es usted una auténtica belleza.
– A mí, me encantan sus rasgos.
– Si lo dice por Raúl, todas las mujeres argentinas están de acuerdo con usted. ¿Quiere comer algo más?
– Todavía no, gracias.
– Bueno, entonces le vaya traer algo de beber.
Es una bebida con alcohol, pero suave. ¿Confía en mí?
– Sinceramente, no.
– Una mujer inteligente -murmuró-. Por favor, solo por esta vez. Es solo zumo de fruta con un toque de algo más. Le hará bien y la calmará.
¿Le diría alguien que no? Era casi tan persuasivo como Raúl.
– Muy bien, doctor Ruiz, pero solo por esta vez. Él se levantó y le retiró el plato vacío.
– Llámeme Marcos. Quiero que seamos amigos, ¿de acuerdo?
El colega de Raúl había conseguido, sin preguntarle nada, que se sintiera cómoda.
– Solo si tú me llamas Heather.
– Muy bien -dijo él agarrándole la mano izquierda y llevándosela a los labios. En ese momento, se abrió la puerta.
– ¿ Qué está pasando aquí? -gritó una voz masculina familiar.
Heather miró asustada hacia la puerta y Marcos le saltó la mano con envidiable calma.
– Nada que merezca que te enfades -contestó Marcos-. La señorita Sanders ha llegado hace unas horas buscándote y yo he intentado ayudarla.
