Aquellos ojos negros los miraron iracundos.

– Raúl… -dijo ella levantándose y notando que le temblaban las piernas.

– Los dejaré solos -dijo Marcos dejando el plato en la mesa.

Heather no entendía la reacción de Raúl. Debía de creer que los había pillado en una actitud comprometida.

– Encantada de conocerte, Marcos. Gracias por tu ayuda.

Marcos asintió, miró a Raúl y se fue.

Al cerrarse la puerta, quedaron en una intimidad que Heather temía y deseaba a la vez. Aquella dicotomía de emociones la hacía sentirse mareada de nuevo. No conocía esa faceta de Raúl.

– No quería ocasionar problemas entre Marcos y tú: Ha sido muy amable conmigo. No entiendo qué tiene de malo-murmuró asombrada.

Raúl entendía lo que le estaba diciendo, pero estaba emocionalmente alterado. Cuando Elana le había dicho al llegar al hospital que Heather Sanders estaba allí esperándolo, casi le había dado un infarto.

– ¿Hubieras preferido que me ponga a dar saltos de alegría al verte casi en brazos de un hombre que te estaba devorando con los ojos… en su cabaña?

Heather parpadeó.

– Todos los hombres…

– ¿Todos los hombres te miran así? Ya lo sé.

– No, Raúl. Iba a decir que todos los hombres aquí parecen más dispuestos a mostrar más abiertamente sus sentimientos que en Estados Unidos. Marcos habla maravillas de ti y se ha portado como un caballero conmigo y me ha atendido cuando bajé de la avioneta.

– ¿Qué te pasaba? -preguntó pálido.

– Estuve a punto de desmayarme. Tú no estabas, así que él me metió en su cabaña y me dijo que me tumbara. Me dio zumo y naranjas y me dijo que durmiera. Estoy en deuda con él.

Raúl sintió un escalofrío, pero no fue hacia ella.

– No quiero hablar de Marcos.

Ella, tampoco. A pesar de su expresión de enfado, estaba estupendo y no podía dejar de mirarlo.

Debía de llevar levantado desde muy temprano porque tanto la camisa como el pantalón que llevaba estaban arrugados y sudados. No se había afeitado yeso lo hacía más viril. Parecía un depredador a punto de atacar. Heather tragó saliva.



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