– ¿Por qué no me has dicho que venías? -Le preguntó enfurecido-Nos habríamos visto en Buenos Aires. Te podrías haber ahorrado todo esto.

– Porque sabía que no me ibas a dejar llegar aquí -le espetó ella.

– Heather, esta región es peligrosa. Aquí hay malaria.

– Ya lo sé. Llevo semanas tomando la vacuna, así que no te preocupes. Me han vacunado de todo, incluso de la fiebre amarilla. Está todo explicado en mi certificado de salud, que está con mi visado, por si lo quieres ver.

– Pues sí, lo quiero ver. ¿Lo tienes en la maleta? Heather se secó el sudor de las manos en las caderas.

– No, en el bolso.

– Les voy a echar un vistazo.

– Muy bien.

Él se apresuró a buscar los documentos.

– La primera fecha de la fiebre amarilla es nada más llegar a Viena.

– Sí. ¿Y qué?

– Eso quiere decir…

– Que tenía la esperanza de que me echaras de menos y me pidieras que viniera aquí -contestó con la voz temblorosa-Sé que dijimos que no nos volveríamos a ver, pero, cuando me dejaste en la residencia, no sabía… no me había dado cuenta de lo difícil que me iba a resultar olvidar lo que había habido entre nosotros. Por eso, pensé que, si a ti te ocurría lo mismo, quizá me pidieras que viniera y quería estar preparada -le explicó bajando la mirada cuando él maldijo-. Por favor, no te enfades. Estos tres meses han sido muy duros. Hace dos noches di el último concierto de la temporada y decidí tomarme unas vacaciones.

– ¿En el infierno? -Le preguntó él con los ojos entrecerrados-¿Sabe tu padre que estás aquí?

Heather esperaba aquella pregunta, así que tomó aire. Raúl volvió a maldecir.

– ¡Lo sabía! -exclamó furioso.

Aquel rechazo hizo que Heather se enfadara también.



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