
– ¡Soy una mujer adulta y hago lo que me da la gana!
– Eres su niña, Heather. Aquella noche en la cocina de casa de Evan, tu padre percibió la atracción que yo sentía por ti. Me hubiera podido matar si no fuera un hombre civilizado.
Heather se dio cuenta de que tenía razón.
– ¿Podríamos dejar de hablar de mi padre? Ni siquiera me has dicho hola y me recorrido miles de kilómetros para verte -dijo con la voz quebrada por las emociones.
– Para que lo sepas, mañana te vas de aquí en el avión de la mañana -le respondió con brutalidad él-Si hubiera sabido que venías, habría hecho que la misma avioneta en la que yo he venido te devolviera hoy mismo a Formosa.
Heather no quería pensar en el día siguiente.
Lo único importante era que estaban juntos y no podía deshacerse de ella aquella noche.
– Raúl -le imploró-¿Te importaría que nos fuéramos a tu cabaña? No quiero quitarle la suya a Marcos.
Una expresión insondable cruzó su rostro y Raúl agarró su maleta y le abrió la puerta. A pesar de su enfado, Heather salió de la cabaña con alas en los pies porque, por fin, estaba en su mundo.
Capítulo Cuatro
Heather contó cinco cabañas incluyendo la de Marcos. Habían sido construidas bajo los árboles, en busca de algo de sombra, y rodeaban el hospital, que era un cuadrado perfecto situado en un claro.
Siguió a Raúl hasta una cabaña situada detrás del hospital. De repente, se dio cuenta de que algo no iba bien. Al entrar en la cabaña, se dio cuenta de que no había nada de Raúl dentro; no era su cabaña sino la de invitados.
Raúl dejó sus cosas en una de las dos camas gemelas.
– Evan durmió aquí la última vez que nos visitó y le pareció que se adecuaba a sus necesidades.
El desinterés que había mostrado por su presencia la estaba desgarrando.
– Tienes armario y el baño es esa puerta -añadió como si fuera el botones de un hotel en lugar del hombre cuya pasión la había catapultado a otros mundos hacía tres meses. Aquel hombre no existía.
