
– Cuando te duches, no bebas agua. Es de un arroyo cercano, así que no te laves con ella tampoco. Tienes agua embotellada en el armario. Utilízala. No se te ocurra ponerte perfume porque los insectos irían directos por ti. Seguro que les encantaría morder esa deliciosa piel que tienes.
Aunque estaba intentando asustarla, Heather se dio cuenta de que no era tan inmune a su presencia como quería hacerla creer. Dadas las circunstancias, eran buenas noticias.
– Cuando te hayas instalado, ven al hospital.
Tenemos comedor y cocina y podrás comer allí.
– ¿Adónde vas? -gritó al ver que se iba.
– Soy médico, ¿recuerdas? -contestó él parándose-. Elana lleva trabajando desde las seis de la mañana. La tendría que haber relevado hace una hora.
– ¿Elana? -preguntó Heather. Por los Dorney sabía que había más médicos allí, pero no sabía que ninguno fuera una mujer.
– Sí, la ginecóloga.
¿Cuántos años tendría?
– ¿Es la mujer de Marcos?
Raúl torció los labios como si siguiera enfadado con el doctor Ruiz.
– No. En realidad, ambos están divorciados.
Voy a poner en marcha el generador para que estés más fresca -dijo.
Y se fue.
A los pocos segundos, Heather oyó un ruido y comprobó que el aire acondicionado estaba encendido. Corrió a la ventana y lo vio alejarse en dirección al hospital llevándose su corazón con él.
No se podía creer que no la hubiera recibido estrechándola entre sus brazos. ¿Cómo podía irse como si tal cosa cuando ella, con solo recordar su noche de pasión, se derretía?
Cuando, por fin, se habían quedado a solas, el encantamiento había sido total. Habían llevado comida, pero casi todo el tiempo no habían tenido ojos más que el uno para el otro.
Cuando el sol se estaba poniendo, pusieron música y bailaron alrededor de la piscina, en la que también se bañaron, hasta bien entrada la noche. Entonces, comenzaron a hacer el amor y no pararon durante horas.
