
Hablaron de lo que hablan las parejas. Heather perdió la noción de la realidad. Solo importaba amar y ser amada.
Cuando, a la mañana siguiente, una doncella llamó a su puerta para decirles que habían excedido el tiempo de permanencia en la habitación, Heather se dio cuenta de que él tenía tan pocas ganas de que aquello terminara como ella. De regreso a la ciudad, creyó morir al pensar que no lo iba a volver a ver.
Aquel dolor la había llevado a Argentina. Tenía tanto amor que darle. Si le permitiera quedarse el tiempo necesario para demostrarle lo que significaba para ella, seguro que no la dejaría marchar.
Rota por el dolor, fue hacia la cama para sacar los artículos de baño de la maleta. Decidió ducharse y dar una vuelta. Estaba dispuesta a aprender todo lo que pudiera de su mundo.
Se puso Unos vaqueros limpios y una camisa de algodón de manga corta y se hizo una coleta con el pelo mojado.
Como no sabía qué tipo de animales habría por allí y había visto que Raúl llevaba botas, decidió ponerse calcetines y zapatillas de deporte.
Se dio cuenta de que tenía hambre. Tal vez, comer algo la ayudara a quitarse de encima el letargo. Se dirigió al hospital y decidió dejar para más tarde lo de dar una vuelta por el poblado.
Al abrir la puerta, se encontró en una pequeña sala de espera.
– Buenas tardes, señorita Sanders. Soy Juan, el enfermero de guardia -la saludó un hombre detrás de un mostrador-El doctor Cárdenas me ha pedido que le dijera dónde ir. Acompáñeme, por favor.
Heather lo siguió por una puerta que había a sus espaldas y por un pasillo a cuyos lados también había puertas. Consultas, un quirófano, una sala de recuperación para pacientes convalecientes, lavandería, servicios, cocina y comedor.
Heather se sorprendió de lo bien equipados que estaban. Seguro que era cosa de Raúl.
