
Ella solo quería que le concedieran el honor de vivir con aquel hombre tan excepcional, que la dejara envejecer con él. Lo supo la noche que lo conoció y el tiempo transcurrido desde entonces no había hecho sino reafirmarla en su decisión.
Raúl no estaba allí, pero había una mujer también con bata blanca.
– Doctora Avilar, le presento a la señorita Sanders, una amiga del doctor Cárdenas -las presentó Juan yéndose a continuación.
Con solo mirar a aquella belleza morena, Heather sintió que se le caía el alma a los pies.
«¿Serán pareja?».
No se lo podía preguntar a él, pero la curiosidad la estaba devorando.
La doctora se levantó.
– ¿Qué tal, señorita Sanders?
– Hola -murmuró Heather dándose cuenta de lo bien que hablaban todos inglés-Ra… el doctor Cárdenas me ha dicho que es usted ginecóloga. Encantada de conocerla -añadió estrechándole la mano.
– Siéntese. Le diré a Chico que nos traiga otro plato para usted. Aquí comemos lo que haya preparado el cocinero, no hay opción, pero puede elegir café, té, zumo o agua mineral para beber.
– Zumo de fruta.
– Ahora vuelvo -dijo desapareciendo tras una puerta de dos alas. Heather se preguntó si no habría sido un gran error ir a Zocheetl.
El hecho de que Elana y Raúl fueran pareja explicaría el enfado de él al verla allí sin esperárselo.
¿ Y sin quererlo?
Raúl le había dicho que no se volverían a ver.
Se lo había dejado muy claro cuando la había dejado en la residencia. ¿Habría sido por Elana? ¿Sería por la encantadora doctora por lo que Raúl no había corrido a sus brazos en cuanto se habían quedado a solas en la cabaña de Marcos?
Elana volvió con un plato de comida y un zumo de fruta. Heather le dio las gracias y agarró un tenedor y una servilleta del centro de la mesa.
La cena, que consistía en arroz con tiras de pollo y frijoles, estaba buenísima, pero no se pudo terminar el plato.
