Para empeorar las cosas, se había hecho el más absoluto silencio. Heather no creía que la doctora estuviera siendo maleducada con ella, sino que ella se sentía como una intrusa. Si Raúl había decidido quitarle todo tipo de ilusión dejándola a solas con Elana, lo había conseguido.

Incómoda, paseó la vista por la habitación. Elana ya había terminado de comer.

– ¿No le gusta?

– Sí, sí me gusta. Está muy bueno, pero las pastillas para la malaria que he estado tomando me han quitado el apetito. El médico de Viena me dijo que era normal tener náuseas.

– Si no se le pasan, coménteselo a Raúl.

– No es grave. Prefiero no decirle nada.

La doctora Avilar la miró antes de levantarse de la mesa con el plato y la taza vacíos en la mano.

– Si me perdona, la cama me está esperando.

Supongo que nos veremos mañana. Deje ahí el plato. Chico se encargará. Buenas noches, señorita Sanders.

– Buenas noches.

La doctora se había portado correctamente con ella, pero Heather no se había sentido más fuera de lugar en su vida. Se alegró de que la otra mujer se hubiera ido.

Estaba segura de que la doctora Avilar era la compañera de lecho de Raúl.

¿Por eso el doctor Ruiz la había metido en su cabaña? ¿Para evitar situaciones embarazosas? Aquello tenía sentido. También lo tenía que Elana se hubiera ido en cuanto había podido. Seguramente, estaría hablando en aquellos momentos con Raúl sobre aquella situación tan desagradable para todos.

Heather se odió a sí misma por aparecer allí sin avisar y arruinar la vida de Raúl y la de sus seres queridos.

Ahora se explicaba que la hubiera llevado a la cabaña de invitados.

En Salt Lake había sentido un deseo por ella que se había visto satisfecho en una noche de pasión, pero, al volver, Elana lo estaba esperando.

Heather dejó caer la cabeza entre las manos y se dio cuenta de que no debería haber ido allí. Era obvio que aquella noche no había significado lo mismo para Raúl que para ella.



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