Dios. Solo una chiquilla enamorada lo hubiera seguido hasta allí sin que él le hubiera dado la más mínima señal de que quería que lo hiciera.

Eso era lo que era. Una idiota inmadura y mimada que le había rogado que le hiciera el amor sin pensar en las consecuencias y que se había negado a asimilar el significado de la palabra «no».

Salió del comedor hacia su cabaña, donde podría dar rienda suelta a sus emociones. Por suerte, no se encontró con nadie en el camino y, al llegar, cerró con llave.

Se alegró de no haber deshecho el equipaje.

Así podría irse a primera hora. Se metió en la cama y se quedó mirando el techo. Oía a los pájaros y a los insectos. Algunos se estrellaban contra las ventanas y sanaba. Se estremeció.

Oyó otro ruido. Supuso que era otro insecto, pero se dio cuenta de que estaban llamando a la puerta.

– ¿Heather?

Al oír la voz de Raúl, se incorporó.

– ¿Sí?

– Tenernos que hablar.

Eso era lo que había anhelado oír antes, pero había cambiado de opinión. No quería humillarse más ante él.

– Lo siento, pero estoy muy cansada. Avísame por la mañana cuando esté aquí la avioneta.

– Abre la puerta -Ordenó enfadado.

– No, Raúl. He venido a ver el lugar en el que vivías, pero me iré mañana y podrás olvidarte de que he estado aquí. Nunca volveré, puedes creerme.

Cuando se disponía a recostarse de nuevo, oyó un clic y la puerta se abrió.

– ¿Para qué tenéis cerraduras si no las respetáis?

– ¿Por qué no te has terminado la cena?

– De verdad te crees que soy una niña pequeña, ¿verdad?

– Te diría lo mismo si tuvieras noventa y nueve años. La selva altera a todo el mundo al llegar. Es obvio que estás deshidratada. Te he traído zumo y quiero que te lo bebas. De lo contrario, pasarás a engrosar la lista de mis pacientes.



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