
Le prometí que la llevaría al auditorio y me quedaría con ella hasta que empiece el concierto. No me iría contigo recién llegado si no fuera porque Heather es mi ahijada y me necesita. Además, sé que Evan se muere por hablar contigo a solas.
– Conozco el premio Bacchauer -contestó Raúl-. Si es tan buena, me gustaría ir al concierto.
Evan sonrió.
– Muy noble por tu parte, pero, si te vas a quedar solo tres días, no quiero que te sientas obligado a nada.
Raúl sabía que aquel acontecimiento tema que ser muy importante para los dos.
– Lo digo en serio. Me encantaría ir al concierto. Sabéis que para mí la música es tan importante como respirar -afirmó dando las gracias mentalmente a sus tíos por haberlo educado rodeado de música y libros-. De hecho, es el mejor plan que se me ocurre para pasar una tarde.
Lo dijo con tanta sinceridad que su voz sonó de lo más convincente. Vio felicidad reflejada en los rostros de la pareja.
Una vez tomada la decisión, todos se pusieron manos a la obra. Phyllis les dejó pollo frito y ensalada de patatas en la mesa y se fue a casa de los Sanders.
Durante la cena, Evan lo instó a que le contara qué era aquello tan importante que lo había hecho salir de su amado poblado.
– Hay un niño indio de siete años que tiene una dolencia cardiaca muy extraña. Está demasiado grave como para moverlo, así que me he traído las radiografías. He llevado a cabo unas cuantas intervenciones de corazón porque no había nadie más, pero no me atrevo con algo tan complejo. Lo entenderás cuando veas las placas. Sus padres no tienen dinero y he pensado que…
– No hace falta que digas más -sonrió Evan-. Yo lo operaré. Dame tres semanas para dejar todo arreglado aquí.
Raúl lo miró con los ojos muy abiertos.
