
– No sabes cuánto te lo agradezco. Yo te pagaré la operación.
– ¡No digas tonterías! ¿Qué sería de nosotros si no fuéramos capaces de ayudar a los que no tienen medios? Lo haré y tú me ayudarás. Seguro que Phyllis querrá venir también. Queríamos ver dónde vivías, así que será la oportunidad perfecta.
– Haré que os preparen una cabaña. Tendréis que vacunaros.
Evan asintió.
– Será como en los viejos tiempos, volver a operar contigo. Quiero que sepas que nunca he tenido a un residente tan brillante como tú.
Raúl carraspeó y se levantó de la mesa.
– Será mejor que me vaya a duchar, si queremos llegar al concierto.
– Ve. Yo voy a recoger esto y luego me cambio. Bájame las radiografías. Después del concierto, podemos parar un momento en la consulta y mirarlas.
Raúl le dio una palmada en la espalda.
– Que Dios te bendiga, Evan.
Media hora después estaban vestidos de gala yendo hacia el auditorio en el coche de Evan. Una vez allí, un ujier les dio el programa y los acomodó en sus butacas.
– ¿ Y Phyllis?
– Supongo que se quedará entre bastidores con Heather hasta que llegue John.
Raúl abrió el programa y vio que los pianistas que habían obtenido el segundo y tercer premio iban a tocar en primer lugar, antes del intermedio.
Pronto las luces se apagaron y Raúl se sentó cómodamente dispuesto a disfrutar de la ejecución del intérprete israelí. Tocó maravillosamente a Beethoven y deleitó al público con una selección de George Gershwin. A continuación, le llegó el turno a la concertista rusa, que interpretó maravillosamente el Nocturno en Mi mayor de Chopin.
– Ya verás cómo toca Heather-murmuró Evan.
Raúl sonrió al ver la pasión con la que hablaba su amigo. En el intermedio, Phyllis se reunió con ellos. Mientras el matrimonio hablaba en privado, Raúl terminó de leer la biografía de cada intérprete. Justo antes de que se volvieran a apagar las luces, llegó a la última página.
