Allí se encontró con la preciosa cara de Heather Sanders…

El silencio se hizo en la sala y Raúl cerró el programa. Todo el mundo estaba pendiente de la ganadora del Bacchauer… una joven vestida de negro cuya femineidad había dejado boquiabiertos a todos los presentes.

Caminó por el escenario con una gracia tal que era imposible no mirarla. Raúl miró la foto del programa, que no le hacía justicia a su aspecto nórdico. Heather se sentó al piano y comenzó su actuación con una obra poco conocida de Rachmaninoff, una de las piezas favoritas de Raúl.

Aquella composición era técnicamente difícil de ejecutar y extremadamente bonita. Raúl se alegró de que Heather hubiera elegido aquella pieza. Conocía aquella música muy bien y disfrutó enormemente.

La interpretación fue fantástica. Sintió la pasión de Heather. Lo estaba haciendo todo bien. Raúl sintió un escalofrío en la espalda. Volvió a consultar el programa.

«Madre de Dios». ¡Tenía veinticinco años y tocaba como los ángeles!

«Cuando yo terminé la residencia, ella debía de tener quince».

Evan le pasó los anteojos que Phyllis y él compartían y Raúl miró. Desde el momento en el que la había visto aparecer en escena, había sentido curiosidad por saber si era tan perfecta como él creía.

Quizá fueran las luces o el vestido largo y negro que llevaba, pero el pelo, que le caía en cascada sobre los hombros, parecía de gasa, como si brillara.

Tenía la cara hacia el teclado, así que solo la veía en parte. Tenía pómulos altos, una boca generosa y la barbilla redonda.

Siguió mirando y vio que no tenía las manos grandes porque no era una mujer alta. Sin embargo, tenía dedos fuertes y tocaba de maravilla. Cuando Phyllis le pidió los anteojos, le costó devolvérselos.

A continuación, interpretó el segundo concierto para piano de Tchaikovsky, menos conocido que el primero. Muchos pianistas lo interpretaban mal, pero ella lo hizo con tanta emoción y energía que Raúl se encontró aguantando la respiración al final de la pieza.



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