Tras la última nota, se hizo un silencio reverencial y el público estalló en aplausos. Raúl se puso en pie, así como Phyllis y Evan. La gente seguía aplaudiendo y comenzaron los «bravos». La ovación duró varios minutos. Aun sin tener los anteojos, percibió su sonrisa radiante.

– Dame las llaves de tu coche -le dijo Raúl a Evan en un susurro. El hombre estaba rígido de emoción-. Mientras vosotros vais a felicitarla, yo traeré el coche.

– Ven con nosotros.

– No, en otra ocasión. Tomaos vuestro tiempo.

Evan le dio las llaves.

– Gracias -le dijo con la voz tomada y siguiendo a su mujer por el pasillo.

Raúl no quería interrumpir un momento tan íntimo. Además, no quería conocer a Heather Sanders porque era todo lo que él quería en una mujer, tanto física como emocionalmente.

No necesitaba una complicación así en su vida.

Había ido a Salt Lake por necesidad, pero el lunes volvería a Suramérica. Cuanto antes, mejor.

Sin embargo, no podía negarse a sí mismo, en lo más hondo de su corazón, que algo le había sucedido durante el concierto. Aunque solo la había visto una vez, estaba sintiendo algo que debía reprimir a toda costa.

Heather oyó el busca de su padre mientras volvían a casa en el coche. Mientras hablaba desde el móvil, supo que era algún paciente en apuros. Luego, oyó a su padre indicarle a la mujer que fuera al hospital.

Ahí se iban las esperanzas de pasar con él la última noche antes de estar fuera un mes. Estaba acostumbrada a que tuviera que irse al hospital en cualquier momento, pero aquella noche lo necesitaba.

A pesar de que sabía que su interpretación había sido la mejor que había hecho nunca, se sentía mal. Quería hablar con él de su vida y de sus inquietudes, pero, al mismo tiempo, estaba nerviosa porque no sabía cómo iba a reaccionar. Lo último que quería era hacerlo sufrir.



8 из 99