
Bran tenía los ojos fijos en ella y continuaba moviendo la cola. Strachan añadió, después de una pausa:
– No parece que se sienta muy a gusto con los animales -observó que Gisella se frotaba la mano que el perro la había lamido-. La vida aquí le va a resultar muy desagradable, rodeada de vacas y perros monstruosos.
Gisella levantó la barbilla con desafío al notar ironía en su tono de voz.
– Me acostumbraré a ellos. Le aseguro una cosa, por lo que he visto hasta el momento, los humanos suelen causar más problemas.
– Así es -respondió él y la miró con detenimiento-. Por lo general así es -se volvió de pronto y le silbó al perro-. ¡Sube al coche, Bran! -ordenó; luego se acercó al Land Rover y cerró la puerta.
– Adiós, señor McLeod -dijo ella con dulzura exagerada-. ¡Gracias por la cálida bienvenida!
– Permita que le dé dos consejos, señorita Pryde -Strachan asomó la cabeza por la ventana mientras encendía el motor-. ¡Primero, no meta la nariz en las cosas que no le importan, y segundo, asegúrese de dejar las rejas exactamente como las encuentre!
Antes de que Gisella pudiera pensar en una respuesta adecuada, él se alejó por el sendero.
Muy molesta por el encuentro, Gisella volvió a entrar en la cabaña y cerró la puerta con fuerza. ¡Qué hombre tan insoportable! ¡No era necesario comportarse de esa manera sólo porque ella se hubiera olvidado de cerrar la reja de su propiedad!
Se quitó los zapatos junto a la puerta y después las medias. Caminó descalza hasta la sala y se dejó caer en un sillón, pensando que lo peor era saber que en realidad él tenía razón. No debía haber dejado la reja abierta, pero tampoco debía haber permitido que Strachan McLeod la tratara de esa manera. Si había algo que odiaba, era hacer el ridículo. ¡Pero odiaba más haberlo hecho frente a un hombre como Strachan McLeod!
