La joven contuvo un suspiro. Se sentía muy cansada y no sólo debido al largo viaje desde Londres. Había trabajado mucho durante los últimos meses y ahora ansiaba tener tiempo para sí misma. Cuando terminara de escribir ese artículo, se relajaría y empezaría a trabajar en su novela tantas veces pospuesta.

Sin embargo, el Castillo Kilnacroish estaba primero.

Tendría que continuar con ese trabajo. Debía llevar a cabo una investigación local y ¿con quién podía empezar mejor si no era con Meg? Debía llamarla para decirla que había llegado bien.

Sus pies descalzos estaban fríos, así que los colocó debajo de sus piernas en el sofá y tomó el auricular del teléfono.

Meg había sido su mejor amiga en la universidad, y aunque desde entonces habían seguido caminos diferentes, Gisella en Londres, dedicada al periodismo y Meg casada con un abogado escocés, se habían mantenido en contacto. A Gisella le había gustado mucho su sugerencia de buscarle una cabaña cerca de su casa para alquilarla.

Meg le había mencionado de forma casual el Castillo Kilnacroish, después de que ella le contara la serie de artículos que estaba escribiendo sobre mitos y supersticiones. Ahora se mostraba ansiosa por saber si Gisella había logrado algún progreso.

– ¿Has tenido ya noticias del lord? -preguntó, después de saludarla.

– ¡Por supuesto! -respondió Gisella-. Escucha esto, Meg -buscó en su bolso la carta, la extendió sobre sus piernas y se la leyó a su amiga:

«Querida señorita Pryde, el Castillo Kilnacroish no está y nunca ha estado abierto al público y no deseo hacer una excepción para satisfacer las demandas vulgares y sensacionalistas de los periódicos. Su petición no sólo de visitarlo, sino también de pasar una noche en la Torre Candle me parece, ni más ni menos, una invasión de mi intimidad, por lo que no dudo en rechazarlo. Dadas las circunstancias, le pido que no mencione en sus artículos el Castillo Kilnacroish ni ninguna de las leyendas vinculadas con éste. Kilnacroish».



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