Cuando terminó de leer la misiva añadió:

– Una gran arrogancia, ¿no te parece? -dobló la carta-. ¿Qué piensas de esto?

– Parece que la idea no le agrada en lo más mínimo -comentó Meg.

– Es evidente que ha interpretado mal mi carta -respondió Gisella-. Le dije que deseaba investigar las raíces históricas y psicológicas de varias supersticiones. ¡No veo nada de sensacionalista en eso! El Castillo Kilnacroish encaja a la perfección en la clase de artículos que he escrito para esta serie. Es un sitio que tiene la reputación de estar hechizado y sin embargo aún está habitado. Nunca me habían puesto objeciones a que me quedara a dormir para describir la atmósfera, ni a ser entrevistado. Tampoco nadie me había acusado de ser vulgar.

La acusación del lord la había enfadado mucho y miró con ira la carta que tenía en la mano.

– Tal vez teme que lo hagas pedazos -sugirió Meg-. Algunos de tus artículos son un poco… mordaces. Quizás haya oído hablar de ti.

– Esto es por completo diferente -aseguró Gisella con enfado-. Esto es un artículo, no una crítica.

– ¡De cualquier manera, resulta obvio que no le agrada la idea! Si se niega a que te quedes, supongo que tendrás que abandonar tus propósitos.

– No puedo -respondió Gisella y le contó lo insistente que se había mostrado Ivonne-. No puedo arriesgarme a que se enfade, en especial ahora que trabajo por mi cuenta.

– No comprendo por qué dejaste tu empleo en el Daily Examiner-dijo Meg con franqueza-. La mayoría de los periodistas darían cualquier cosa por trabajar para un periódico nacional.

– Oh, Meg, estaba cansada de hacer trabajo de investigación. Antes me entusiasmaba mucho cuando descubría una gran historia, pero ahora me resulta muy deprimente. Deseo averiguar si soy capaz de escribir esa novela sobre la que llevo hablando durante tanto tiempo. También quiero continuar escribiendo artículos ocasionales para revistas, y esta es mi gran oportunidad.



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