
– No -respondió Meg y bajó la voz hasta un tono confidencial-. Alguien me comentó que estuvo a punto de casarse con una mujer muy guapa, hace algunos años, pero ella canceló la boda en el último momento.
– ¿Por qué?
– No lo sé. Todo es un misterio.
– Tal vez, si tengo la oportunidad de entrevistarlo, pueda averiguarlo -Gisella cerró su libreta con decisión, cuando se dio cuenta de que estaba dibujando un rostro que se parecía mucho al de Strachan McLeod-. Trataré de abordarlo en su madriguera y si eso no resulta, tendré que entrevistarlo de alguna otra manera. Supongo que no lo conoces socialmente. Eso ayudaría.
– A decir verdad, Neil y yo vamos a ir a una fiesta la próxima semana. Neil conoce al lord y me ha dicho que lo había invitado. Por lo tanto, tal vez esté allí. No obstante, Neil me ha hecho prometerle que no me iba a mezclar en ninguno de tus planes. Está aterrado de que comprometas su reputación.
– Neil es un aburrido. ¡Abogado tenía que ser! No sé lo que ves en él, Meg.
– Sobre gustos no hay nada escrito -respondió su amiga. Sabía muy bien que Gisella y su marido se apreciaban, pero que al mismo tiempo, desconfiaban uno del otro-. Es probable que te enamores de alguien así -cuando oyó gemir a Gisella, añadió-: Estoy segura. No te enamorarás de uno de esos hombres con los que sales en Londres. Cuando te enamores, será apasionadamente y de la persona que menos esperes.
Sin motivo alguno, el rostro de Strachan McLeod pasó por la mente de Gisella. A ese paso, tendría que tomar a su amiga en serio, pensó la joven con cierta diversión.
– A lo mejor me enamoro del lord gruñón.
– Nunca se sabe -opinó Meg y Gisella rió.
Aún sonreía cuando colgó el auricular. No tenía intención de enamorarse de nadie en ese momento. Terminaría de escribir esa historia y después, pasaría un invierno tranquila, concentrada en su libro. Lo necesitaba.
