Como le gustaba actuar con rapidez, se puso de pie y entró en el dormitorio. Todavía no había anochecido y si quería entrevistar a ese lord, sería mejor que lo hiciera de inmediato.

Abrió su maleta y sacó la ropa con impaciencia, mientras buscaba algo adecuado que ponerse. No creía que la ropa que llevaba en ese momento causara mejor impresión al lord de la que había causado a Strachan McLeod. De acuerdo con su carta lo más probable es que fuera un solterón de gustos conservadores, por lo que eligió una falda beigs, una blusa de seda y un suéter amplio. Contempló su imagen en el espejo, mientras se ponía unos pendientes de perla. Su apariencia era elegante y discreta. Segura de sus poderes de persuasión, Gisella estaba convencida de que con esa ropa no tendría dificultad para convencer al lord de que cambiara de opinión.

¿La aprobaría Strachan McLeod?

Ese pensamiento pasó por su mente y ella se apartó con impaciencia del espejo.

Sin embargo, resultaba difícil borrar la imagen de Strachan de su mente. Los profundos ojos azules, la línea firme de su rostro, sus manos fuertes… Los recuerdos no se apartaban de su mente. Se acercó más al espejo para pintarse los labios de color de rosa. Al delineárselos imaginó la curva sensual de la boca de él.

Sin poder evitarlo, recordó las palabras de Meg: «Te enamorarás de quien menos esperes».

Casi con enfado, tapó la barra de labios. No volvería a pensar en Strachan McLeod. Por supuesto que no lo haría.

Afuera, el cielo estaba gris y llovía. Gisella se cubrió con el impermeable, mientras corría hacia su coche. En el camino se había detenido en Crieston para comprar algo de comida y la parte posterior del coche todavía estaba llena de bolsas. Debía haberlas bajado antes pero como de costumbre, había estado demasiado impaciente por recorrer los alrededores antes que nada.

Tendría que bajar las bolsas cuando regresara. Se empaparía si lo hiciera en ese momento.



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