– Eso no es precisamente una autopista -comentó Gisella y avanzó dando brincos para recuperar su zapato. Vio que los animales se habían retirado a cierta distancia, pero todavía la miraban con sospecha-. En realidad no se le puede llamar carretera. No es probable que los atropellaran allí.

– Claro que lo es -replicó el hombre-. ¡Hay personas como usted que conducen por los caminos como si fueran de su propiedad!

Miró con desdén cómo sacaba el zapato del lodo y se lo ponía.

– ¡ Bueno, siento mucho haber ocasionado una tragedia tan grande! -dijo ella con sarcasmo mientras se erguía. Se apartó el cabello del rostro y se lo colocó detrás de la oreja. Luego miró al desconocido con desafío.

Él no pareció impresionarse.

– ¿Qué está haciendo aquí? -preguntó.

– Sólo estoy dando un pequeño paseo -respondió ella-. No está prohibido, ¿verdad?

– ¿Un paseo? -repitió él con incredulidad-. ¿Con esa ropa?

Un ligero rubor tiñó las mejillas de la joven.

– ¿Qué tiene de malo mi ropa?

Los ojos azul oscuro la recorrieron. Ansiosa por mirar los alrededores, Gisella no se había detenido a cambiarse la ropa con que había viajado desde Londres. Llevaba medias color rosa, una falda y un suéter fucsia. Tenía una apariencia vibrante y atractiva, pero allí estaba fuera de lugar.

– Estoy seguro de que esa ropa está muy bien para las calles de París -comentó él con ironía-, pero en un campo de Escocia es ridícula.

Gisella se echó el cabello hacia atrás y sus ojos grises brillaron.

– No sabía que en el campo tuviera uno que someterse a tantas reglas -señaló con enfado-. Cerrar las verjas, vestirse de forma correcta, evitar ofender a granjeros altaneros. ¡No tenía idea de que el campo fuera tan complicado!



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