– Lo que usted llama «reglas» -indicó él con voz cortante-, para nosotros es simple cortesía. ¡Aunque resulta evidente que es un concepto difícil de entender para usted!

Los ojos de la joven brillaron, pero cerró la boca con firmeza para no responder. ¡No iba a discutir con un granjero! Inclinó la cabeza, se volvió y se dirigió hacia la verja, con toda la dignidad que pudo reunir, a pesar de tener los zapatos llenos de lodo.

Él la escoltó, sonriente, mientras ella hacía todo lo posible por ignorarlo. Sin embargo, le resultó difícil porque era un hombre hostil que medía más de un metro ochenta. Miró de soslayo el perfil aborrecible. Le calculó unos treinta y cinco años, quizá un poco menos. Sus facciones eran muy duras y su expresión severa. Pero resultaba muy atractivo.

Como si él notara su mirada, se volvió hacia ella y Gisella apartó de inmediato la vista y la fijó al frente, hasta que un alboroto entre las reses la hizo tropezar y asirse por instinto al brazo de él.

– ¡Por amor de Dios! -exclamó él con irritación ayudándola a recuperar el equilibrio. Ella sintió la fuerza de sus manos a través de la lana suave de su suéter y el corazón le dio un vuelco-. ¡Son animales inofensivos!

– Entonces, ¿por qué se nos acercan? -preguntó Gisella, más nerviosa por el contacto duro de su mano que por el ganado. Era incómodamente consciente del sitio donde la había tocado pero hizo un esfuerzo por controlarse.

Un brillo exasperado y divertido iluminó los ojos de él y su boca esbozó una mueca intrigante.

– ¡Esto no es un zoo! Sólo sienten curiosidad. No están acostumbrados a ver colores tan vivos.

No fue exactamente una sonrisa lo que apareció en los labios de él, pero su expresión adusta cambió por otra mucho más turbadora. La joven se concentró en caminar para ignorar ese detalle.

– Teñiré toda mi ropa de color oscuro antes de salir de nuevo a caminar -comentó, mas él se negó a reconocer su sarcasmo.



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