– También le aconsejaría un par de botas -dirigió una mirada significativa a sus zapatos. Eran unos zapatos muy elegantes, pero en ese momento estaban llenos de lodo y casi irreconocibles.

– ¿De verdad? ¡Nunca se me hubiera ocurrido! -respondió ella, enfadada por el tono de él. Cruzó la verja y entró en la seguridad del prado, pero sintió que una mano la detenía por el codo.

– Espere un minuto -pidió él.

– ¿Qué sucede ahora?

– ¿Qué pasa con la reja? -preguntó él con suavidad.

Gisella miró la reja, que aún estaba abierta.

– ¿Qué pasa con ella?

– No la ha cerrado.

– ¡Ciérrela usted, si tanto le importa! -respondió ella y trató de soltarse.

– Usted la ha abierto, usted la cierra.

Gisella miró los implacables ojos azules durante un momento, en busca de un indicio del humor que había visto un poco antes, pero sólo encontró una voluntad inflexible.

– ¡Oh, por amor al cielo! -exclamó al fin y liberó su brazo. Se acercó a la reja y la cerró de un golpe.

– No se olvide de cerrarla adecuadamente.

– ¡Muy bien, muy bien! -respondió ella-. ¿Está satisfecho?

– Gracias -respondió él, también con sarcasmo. Miró hacia el coche de ella que estaba estacionado en el camino, cerca de la cabaña. Era un coche deportivo rojo, por completo fuera de lugar allí, sobre todo porque estaba junto al que con seguridad era el de él, un Land Rover azul, viejo y enlodado-. Si está buscando la carretera principal, vaya hasta aquel extremo, dé la vuelta a la izquierda y después, de nuevo a la izquierda, en el pueblo puede seguir las indicaciones.

– Muy amable -respondió Gisella con acidez-, pero es que me hospedo aquí.

– ¿Aquí? -miró primeramente a la cabaña y después a Gisella.

Ella se apartó el cabello del rostro con la mano y se quedó mirándolo fijamente.

Él frunció el ceño y al fin repitió:



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