
– ¿Se hospeda aquí?
– ¡Qué sorpresa! -Gisella sonrió ampliamente.
– ¿Durante cuánto tiempo?
– Si le interesa saberlo, durante unos meses. Hasta la primavera -miró la cabaña por encima del hombro de él. Tenía un aspecto acogedor y ansiaba quedarse allí-. Mi nombre es Gisella Pryde -pensó que si iban a ser vecinos, lo correcto era presentarse.
– Strachan McLeod -masculló él en respuesta, más no ofreció la mano, sino que frunció el ceño, como si intentara recordar algo-. ¿Pryde? Me suena ese nombre…
– Quizá haya leído alguno de mis artículos -comentó ella-. Soy periodista.
Si esperaba impresionarlo, no lo logró. El frunció el ceño y la miró con desdén.
– ¡Debía haber imaginado que alguien tan descuidado e irresponsable como usted resultaría ser periodista! -comentó con cierta amargura.
Gisella arqueó las cejas.
– ¿Qué tiene contra los periodistas?
Un músculo se movió en la mandíbula de él.
– Son parásitos que se alimentan de los problemas de los demás, revuelven las cosas e inventan hechos cuando les conviene. Lo único que cuenta es una buena historia y persiguen a la gente hasta que la consiguen.
– Creo que exagera -opinó la joven con frialdad. Se preguntó qué periodista habría tenido la mala fortuna de toparse con ese hombre desagradable-. La mayoría de los periodistas somos profesionales. La gente desea que la mantengan informada de lo que sucede y eso es lo que hacemos. A veces causamos molestias, pero por lo general, sólo se disgustan las personas que temen que la gente se entere de lo que en realidad son. De cualquier manera -añadió, al ver que él no parecía impresionado -, puedo asegurarle que no es probable que yo tenga el menor interés en sus asuntos. No creo que aquí suceda nada de interés periodístico. «Verja abierta por turista merodeadora. Vaca en el camino. Bota de goma descubierta en la hondonada de las ovejas». No son noticias muy impresionantes.
