
Un extraño. Pero aquellos grandes ojos grises parecían vagamente familiares, ¿tal vez de una foto del Instituto Newsletter?
Judith Niles se quedó de pie un momento en vez de ocupar su sitio de costumbre. Estudió la mesa, comprobando que todos los Jefes de Departamento estaban ya en su puesto, y luego hizo un gesto con la cabeza como saludo.
—Buenos días. Lamento haberles hecho esperar. Tenemos un visitante inesperado, y tengo que reunirme otra vez con él en cuanto acabe esta reunión. —Se sentó finalmente—. Vamos a empezar. Doctor De Vries, ¿quieres empezar? Estoy segura de que todo el mundo está tan interesado como yo en oír los resultados de tu viaje. ¿Cuándo has regresado?
Jan De Vries, bajo y plácido, se encogió de hombros y sonrió. La Directora Judith Niles y él veían el mundo desde el mismo ángulo, media cabeza más abajo que el resto del personal. Tal vez eso era lo que le permitía mantenerse tranquilo cuando estaba junto a ella, algo que Charlene Bloom encontraba totalmente imposible.
—Anoche, tarde. —Su voz era suave, lenta y tranquila, como almíbar caliente—. Si se me permite un comentario al margen, el tratamiento para el jet-lag del que fuimos pioneros aquí, en el Instituto, deja mucho que desear.
Judith Niles nunca tomaba notas. Su secretaria grabaría cada palabra. Quería concentrarse en el pulso de la reunión. Se echó hacia delante y miró la cara de De Vries.
—¿Hablas por propia experiencia?
Él asintió.
—Lo usé en el viaje a Pakistán. Hoy me siento fatal, y las pruebas sanguíneas lo confirman. Mi ritmo cardíaco está aún en alguna parte entre aquí y Rawalpindi.
La Directora miró a Beppo Cameron y alzó sus cejas oscuras.
—Será mejor que le echemos otro vistazo al tratamiento, ¿no? ¿Pero qué hay del asunto principal, Jan? Ahmed Ameer… ¿es realidad o ficción?
