
Se sentó en su lugar en la larga mesa y saludó con la cabeza a los otros que ya estaban allí sentados: —Matagatos-Cannon, de Fisiología; De Vries, de Asuntos Externos; Beppo Cameron, de Farmacología (tenía un narciso en el ojal… ¿de dónde lo habría sacado con aquel clima de locos?). Los otros la ignoraron y continuaron examinando sus papeles.
Las once menos cinco. Tenía unos cuantos minutos para revisar los suyos y para mirar por enésima vez el cartel enmarcado que tenía enfrente. Llevaba allí tanto tiempo como ella, y podría cerrar los ojos y recitarlo de memoria:
«¡Considera lo excelente que es el sueño.— es una joya tan inestimable que, si un tirano quisiera dar su corona por una hora de sueño, no podría comprarlo; tiene una forma tan hermosa que, aunque un hombre se acueste con una emperatriz, su corazón no descansará basta que deje sus abrazos para entregarse a él. Debemos tanto a este pariente de la muerte que le damos el mejor de nuestros tributos, la mitad de nuestra vida. Y lo hacemos por una buena razón; el sueño es la cadena de oro que une la salud a nuestro cuerpo.» Thomas Dekker.
Y bajo la cita, con la clara letra cursiva de Judith Niles, la apostilla reciente:
¡Narices! En este Instituto, el sueño es nuestro enemigo.
Charlene Bloom abrió su carpeta, se echó hacia atrás, se quitó los zapatos y se frotó un pie contra el otro. Las once, y todavía no había aparecido la Directora. Algo iba mal.
A las once y cuatro minutos, la otra puerta de la sala de conferencias se abrió y entró Judith Niles, seguida de su secretaria. Llegaba tarde, y parecía furiosa. Tras ella, en la habitación contigua, Charlene Bloom vio a un hombre alto junto a la mesa. Tenía unos treinta años, el pelo rizado y la cara agradable, pero miraba con el ceño fruncido algo sobre una de las paredes.
