
—Lamentablemente, es ficción. —De Vries abrió su cuaderno de notas—. Según el informe que recibimos, Ahmed Ameer no dormía nunca más de una hora por noche desde que tenía dieciséis años… es decir, hace nueve, ahora tiene veinticinco. Juraba que nunca había cerrado los ojos.
—¿Y la verdad?
Sonrió y se atusó el fino bigote.
—Tengo aquí todas nuestras notas, que irán directamente al archivo. Pero puedo resumirlas en una sola palabra: exageración. En los seis días y noches que estuvimos con él, estuvo dos noches sin dormir. Una noche durmió cuatro horas y cuarto. Las otras tres noches tuvo un promedio de poco más de dos horas y media.
—¿Salud normal?
—Eso parece. No duerme mucho, pero hemos tenido otros sujetos, aquí mismo, en el Instituto, que aún dormían menos.
Judith Niles le observaba con firmeza.
—Pero no parece que hayas malgastado una semana buscando en vano. ¿Cuál es el resto?
—Tienes razón, mi perceptiva directora. —De Vries parecía beatífico—. En el camino de vuelta me acerqué a Ankara para comprobar otro de los rumores de los laboratorios de El Cairo sobre un monje que mantiene vigilia constante ante las sagradas reliquias de San Esteban. Unas vestiduras fueron robadas mientras estaba de guardia hace dos años, y desde entonces parece que ha jurado no volver a dormir nunca más.
—¿Y bien? —Judith Niles se tensó mientras esperaba su respuesta.
—No es tanto… pero es más de lo que habíamos visto hasta ahora. —De Vries estaba bastante satisfecho—. ¿Creerías posible un sueño diario total de veintinueve minutos de media? Y no es de los que se sientan en una silla a echar una cabezada cuando no mira nadie. Le tuvimos enganchado a un telémetro durante once días. Tenemos los test bioquímicos más completos que pudimos hacer. Verás mi informe en cuanto puedan transcribirlo.
