
Bajo la mesa, Charlene se frotó las manos contra la falda. Iba a ser una sesión larga, lo sabía. Sus manos empezaron a temblar, y podía sentir el sudor en las palmas. ¿Estaba bien preparada? Lo sabría dentro de unos pocos minutos. Si a la Directora le apetecía entrar en detalles, el visitante del Instituto tendría que esperar largo rato.
3
El día, para Hans Gibbs, se estaba volviendo largo y confuso.
Cuando se le sugirió una visita al Instituto de Neurología de las Naciones Unidas en Christchurch, aquello le había parecido una distracción perfecta de la rutina. Estaría una semana en gravedad terrestre en vez de en el cuarto-g de PES-Uno. Ganaría créditos para sus ejercicios, y necesitaba todos los que pudiera sumar. Podría recoger unas cuantas cosas. Abajo que rara vez eran lanzadas como cargamento: ¿cuánto tiempo hacía desde que habían saboreado una ostra en PES-Uno? Y aunque Christchurch estaba en Nueva Zelanda, lejos de los centros de acción política, podría formar sus propias impresiones sobre las recientes tensiones mundiales. Se hacían muchas acusaciones y contra acusaciones, pero era probable que siguiera siendo el mismo tumulto de siempre que los habitantes de Abajo insistían en llamar diplomacia.
Lo mejor de todo era que podría pasar un par de noches con el viejo Wolfgang. La última vez que salieron juntos, su primo aún estaba casado. Eso había congelado un poco las cosas (pero menos de lo que debería; algo que explicaba tal vez que Wolfgang no estuviera casado ahora).
El descenso había sido un desastre. No el vuelo en la Lanzadera, claro; eso había supuesto un par de horas de descanso, una suave reentrada, seguida por la activación de los turbocohetes y un largo aterrizaje en Aussieport, en el norte de Nueva Guinea. El aterrizaje se había ajustado precisamente a lo previsto. Pero aquello fue lo último que salió acorde con el plan.
