
El espaciopuerto australiano, que atendía a Australia, Nueva Zelanda y Polinesia, normalmente se enorgullecía de su informalidad y su ambiente. Según la leyenda, el visitante podía encontrar a unos pocos kilómetros del puerto todos los vicios convencionales del mundo, más alguno de los no convencionales (el canibalismo había sido parte de la vida nativa en Nueva Guinea mucho después de que hubiera desaparecido en el resto del mundo).
Hoy, toda la informalidad había desaparecido. El espaciopuerto estaba lleno de oficiales de cara sombría que querían verificar todos los artículos de su equipaje, documentos, planes de viaje y los motivos de su llegada. Le sometieron a cuatro horas de interrogatorio. ¿Tenía parientes en Japón o en los Estados Unidos? ¿Era simpatizante del Movimiento de Distribución de Alimentos? ¿Cuáles eran sus puntos de vista sobre el Partido Aislacionista Australiano? Háblenos, en detalle, de los nuevos procesadores de comida sintética desarrollados para las arcologías en órbita.
Allí estaban pasando muchas cosas, admitió muy pronto, pero le salvó la simple ignorancia. Claro, había nuevos métodos sintetizadores, y muy buenos, pero él no sabía nada de ellos… no se le permitía saber nada; eran secreto comercial.
Su primer regalo para Wolfgang (una gema pura de dos quilates, manufacturada en el autoclave orbital de PES-Uno), fue retenido para ser examinado. Se le informó que se lo enviarían al Instituto junto con sus pertenencias si pasaba la inspección. Su otro regalo fue confiscado sin que se le prometiera su devolución. Las semillas desarrolladas en el espacio podrían contaminar algunos elementos de la flora australiana.
Su paciencia se agotó en ese punto. Las semillas eran estériles, señaló. Las había traído consigo sólo por la novedad, por sus extrañas formas y colores.
—¿Qué demonios les pasa, amigos? —se quejó—. No es la primera vez que vengo. Soy un visitante regular… echen un vistazo a esos visados. ¿Qué creen que voy a hacer, irrumpir en Cornwall House y tirarme a la Primera Dama?
