
Le miraron glacialmente, evaluando su observación, y luego continuaron con el cuestionario. Él no intentó ningún otro chiste. Dos años antes, la frenética vida sexual de la esposa del Primer Ministro había sido el tema de conversación favorito de todo el mundo. Ahora no provocaba ni un parpadeo. Si el resto de la Tierra se parecía a este sitio, los cambios climatológicos debían estar produciendo peores efectos de lo que ninguna de las naciones desarrolladas deseaba admitir. Las menos afortunadas estaban bastante dispuestas a hablar del tema y suplicaban ayuda en interminables e improductivas sesiones ante las Naciones Unidas.
Cuando por fin se le permitió cerrar las maletas y continuar su camino, el transporte rápido a Christchurch ya había partido. Tuvo que conformarse con un hidroavión Mach Uno, lo que hizo que en vez de una hora de vuelo el viaje se convirtiera en un maratón de seis. A cada parada se repetía la inspección del equipaje y los documentos.
Cuando hicieron el último aterrizaje, estaba furioso, hambriento y exhausto. Las formalidades para entrar en Christchurch parecían durar eternamente, pero reconoció que comparadas con las de Aussieport eran diligentes. Le parecía que ya le habían formulado todas las preguntas posibles, y sus respuestas pasaron a los bancos de datos centralizados de Australasia.
Cuando por fin llegó al Instituto y le mostraron la gran oficina de Judith Niles, era la una de la madrugada según su reloj biológico interno, y casi mediodía según la hora local. Ingirió un estimulante —uno desarrollado originalmente allí, en el Instituto—, y curioseó por la oficina.
En una de las paredes había un diagrama de su sueño personal, exactamente del mismo tipo de los que él usaba. Ella dormía un poco menos de seis horas cada noche, más una breve cabezada después del almuerzo algún día que otro.
