Y aún menos con la mujer fotografiada aquí. Basándose en su posición y sus logros, él había esperado a alguien en la cuarentena o en la cincuentena, una auténtica Dama de Hierro. Pero Judith Niles no podía tener mucho más de treinta años. Era atractiva, además. Tenía la cara un poco demasiado fina, con ojos y frente muy serios; pero sus pómulos eran redondeados y bien definidos, su cara era despejada, y su boca muy hermosa. Y había algo en su expresión, ¿o era imaginación suya? ¿No tenía esa mirada…?

—¿Señor Gibbs? —La voz a sus espaldas le hizo dar un brinco y girarse. Una secretaria había aparecido en la puerta abierta mientras él soñaba despierto ante las fotografías de la pared.

Gracias al cielo, aún era imposible leer en la mente. Qué ridículos le habrían parecido sus pensamientos a un observador. Aquí estaba, preparado para una reunión confidencial y de gran trascendencia con la Directora del Instituto, y aunque no habían pasado ni dos minutos ya la estaba evaluando como objeto sexual.

Se dio la vuelta con una media sonrisa en la cara. La secretaria le estaba mirando con expresión un tanto perpleja.

—Lamento haberle sobresaltado, señor Gibbs, pero la reunión con el personal ha terminado y la Directora puede verle ya. Sugiere que tal vez sería mejor charlar mientras almuerzan, en vez de reunirse aquí. Así tendrán ustedes más tiempo.

Él dudó.

—El asunto que tengo que tratar con la Directora…

—¿Es privado? Sí, ella dice que comprende la necesidad de intimidad. Hay una habitación tranquila al final del comedor. Serán sólo usted y la Directora.

—Muy bien. Lléveme. —Empezó a repasar sus argumentos mientras la seguía por un corredor blanco.

El comedor era difícilmente calificable como íntimo: podían interrumpirles de un centenar de maneras distintas. Pero al menos les aislaba de otros oídos. Tendría que aceptar el riesgo. Si alguien grababa sus palabras, sería con toda seguridad para beneficio de Judith Niles, y no trascenderían. Parpadeó al entrar. La luz superior, como todas las luces que había visto en el Instituto, era excesivamente brillante. Si la oscuridad era el aliado del sueño, Judith Niles aparentemente no toleraba su presencia.



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