
—¿Gastando el aceite de medianoche otra vez? ¿Dónde está tu cita, Judith? —dijo una voz a sus espaldas.
Ella dio un respingo. De Vries había entrado en la oficina abierta sin llamar a la puerta, silencioso como un gato.
Se dio la vuelta.
—Cierra la puerta, Jan. No lo creerás, pero me invitaron a cenar. Una invitación bastante loca, con todos los arreglos pasados de moda… Sugirió ostras Rockefeller, ternera «cordón bleu», vino y el río Avon a la luz de la luna. ¡Ostras y vino! Dios mío, se nota que viene del espacio. Creía sinceramente que podemos comprar ese tipo de comida, sin contrato o dispensa especial. No sabe mucho de la situación real. Una de las cosas que asustan de la propaganda del gobierno es que funciona muy bien. No tenía ni idea de lo mal que están las cosas, incluso aquí, en Nueva Zelanda… y eso que somos los afortunados. ¡Ostras! Maldita sea, vendería mi virginidad por una docena de ostras. O por un roast beef.
Su voz era ansiosa, y no conservaba ningún rastro de la autoridad usual. Se sentó ante su mesa, se quitó los zapatos y se puso cómoda, colocando los pies descalzos sobre un cajón abierto.
—Ya es demasiado tarde para eso, querida —dijo Jan De Vries—. Roast beef, buen vino, ostras… o virginidad, todo es lo mismo. Para la mayoría de nosotros, han desaparecido con las nieves del ayer. Pero estoy impresionado por las otras implicaciones de su invitación. Sólo alguien desconectado de los cambios climatológicos querría mirar ese horrible río… especialmente cuando la temperatura es de treinta grados y hay un noventa por ciento de humedad. —Se sentó en un butacón—. ¿De verdad rehusaste la invitación? Judith, me decepcionas. Yo de ti no lo habría hecho… sólo por ver la expresión de su cara cuando comparara la realidad con sus ilusiones.
