
—La habría aceptado si no me hubiera hecho otrá oferta.
—¿De veras? —Jan De Vries se tocó los labios con un índice cuidadosamente manicurado—. Judith, por tus gustos fuertemente heterosexuales, esas palabras suenan falsas. Creí que estabas deseando recibir ofertas como ésas, atractivas más allá de todas las demás tentaciones…
—Corta, Jan. No tengo tiempo para juegos. Quiero el beneficio de tu cerebro. Conoces a Salter Wherry, ¿no? ¿Qué es lo que sabes de él?
—Bueno, sé bastante. Estuve a punto de ir a trabajar a la Estación Salter. Si no me hubieras atrapado aquí, probablemente estaría allí ahora. Hay un je ne sais quoi en la idea de trabajar para un anciano multimillonario, especialmente uno cuyos gustos románticos, antes de recluirse, concidían con los míos.
—¿Es de verdad el dueño de la Estación Salter? ¿Por completo?
—Eso es lo que se rumorea, querida. De eso y de la mitad de las cosas que puedas mencionar. Nunca he podido descubrir evidencia alguna de lo contrario. Ya que el encantador señor Gibbs trabaja para él, y ya que estuviste reunida con él tantas horas esta tarde (no creas que tu largo encierro pasó desapercibido, Judith), me extraña que me preguntes esas cosas. ¿Por qué no se lo preguntaste a él directamente?
Judith Niles volvió a la ventana y contempló melancólica el atardecer.
—Necesito hacer una comprobación alternativa. Es importante, Jan. Necesito saber lo rico que es Salter Wherry. Lo rico que es de verdad. ¿Lo suficiente como para dejarnos hacer lo que necesitamos hacer?
—Según mis propias investigaciones e impresiones, es tan rico que el mundo carece de sentido real. Nuestro presupuesto para el próximo año es de poco más de ocho millones, ¿no? Comprobaré los últimos datos sobre Salter Wherry, pero aunque no sea más rico que hace veinte años, todo este Instituto podría ser financiado confortablemente sólo con los intereses de su cuenta corriente.
