
—Tal vez éste es su plan. —Judith se volvió a la habitación—. ¡Maldita sea!, desde luego lo ha calculado bien.
—¿Otra vez problemas de dinero? Recuerda que he estado ausente.
—He tenido otra reunión con nuestro Comité de Presupuestos. Quieren quitarnos otro cinco por ciento, y el lugar se nos cae ya a pedazos. No podemos mantener indefinidamente en secreto algunos de nuestros experimentos y resultados, tal como me gustaría. Charlene y Wolfgang Gibbs se están topando con el mismo problema que nosotros. Wherry no podría haber aparecido en un momento mejor. Podría salir perfectamente.
—Como te he dicho muchas veces, Judith, eres un genio. Puedes manejar a simples inocentes como yo igual que a marionetas. Pero aún no eres lo bastante buena para vértelas con Salter Wherry. Es el mejor del Sistema, y tiene setenta años de experiencia. Cuando pienses en tus propios objetivos y en tu plan oculto, del que ni siquiera pretendo ser partícipe, recuerda que sin duda él tiene también un plan oculto con objetivos bastante diferentes. Y si tú eres un genio, él es un mago de las finanzas y la organización. Y tiene fama de salirse siempre con la suya. —De Vries se cruzó de piernas y se alisó la raya de los pantalones—. Pero por la cara que tienes sospecho que me estoy yendo por las ramas. ¿Cuál es la gran oferta que quieres discutir? ¿Por qué no estás en el gran río Avon, cenando fresas con nata bajo el sonido de las trompetas… o cualquier otra delicia que el tristemente irreal señor Gibbs tenga en mente?
Judith Niles se frotó delicadamente el ojo izquierdo, como si algo le preocupara.
—Hans Gibbs me trajo una oferta. Tienen problemas en la Estación Salter. ¿Lo sabías?
—He oído rumores. Las pólizas de seguros para el personal de la Estación han sido elevadas muy por encima de las operaciones espaciales convencionales. Pero no veo qué relación tiene todo eso con el Instituto.
