
—Parece que ya te has decidido.
—No. Sólo quiero tenerlo todo previsto por si se da el caso. —Se acercó a la mesa y cogió una página escrita a mano—. Aquí está mi primera selección. Siéntate y vamos a examinarla juntos.
—Pero…
—Haz que Charlene Bloom te ayude con esto mientras estoy fuera.
—¿Charlene? Mira, sé que es buena, pero seamos objetivos. Es muy insegura.
—Lo sé. Es demasiado modesta. Por eso quiero que sepa que está en mi lista de preferidos desde el principio. Mientras estás con eso, échale un vistazo a esto. —Le tendió un par de páginas impresas—. Acabo de extraerlo de los bancos de datos históricos. Es la declaración que Salter Wherry hizo a las Naciones Unidas cuando empezó su actividad industrial en el espacio, hace treinta años. Necesitamos comprender la psicología de ese hombre, y ésta es una buena pista.
—Judith, refrénate. Me estás presionando. No estoy del todo seguro de querer…
—Ni yo. Jan, puede que nos veamos forzados a esto, aunque a algunos de nosotros no le guste la decisión. Las cosas han empezado a desmoronarse aquí en los últimos meses, poco a poco.
—Sé que los tiempos son duros…
—Empeorarán. Por la manera en que están jodiendo al Instituto, no podemos permitirnos el lujo de quedarnos cruzados de brazos. Si pretenden violarnos, tenemos que combatir con todo lo que tengamos; aunque eso signifique arriesgarnos a que Salter Wherry intente jodernos también.
Él le quitó las hojas de la mano, suspirando.
—De acuerdo, de acuerdo. Si insistes, lo haré. Vamos a convertirnos en expertos para Salter Wherry y sus empresas. Pero Judith, ¿tienes que ser tan ruda? Preferiría evitar esas desagradables sugerencias de violación. ¿Por qué no podemos considerar esta situación como la primera caricia de la mano perfumada de Salter Wherry intentando seducirnos gentilmente? —Hizo un alegre guiño—. Eso me parece muchísimo más atrayente. En la seducción, querida, hay muchísimo más espacio para la negociación.
