»Pero eso no es más que el principio. Aunque la Naturaleza rechaza el vacío, la tecnología moderna lo adora, así como al entorno de microgravedad. Pretendo usarlos al máximo. Construiré una serie de grandes estaciones espaciales, constantemente ocupadas, utilizando materiales sacados de los asteroides. Si alguna nación desea alquilarme espacio o instalaciones, o comprar mis productos manufacturados en el espacio, me sentiré feliz de considerarlo… a precios comerciales. También invito a los habitantes de todas las naciones de la Tierra a unirse a mí en esas instalaciones. Estamos dispuestos a dar todos los pasos necesarios para que la raza humana empiece su exploración de nuestro Universo.»


A medianoche, tras haber leído la alocución dos veces, Jan De Vries volvió a repasar el comentario con el que Salther Wherry había terminado su alocución. Aquellas palabras habían quedado permanentemente unidas a su nombre, y le habían ganado la impotente enemistad de todas las naciones de la Tierra:

«La conquista del espacio es una empresa demasiado importante para ser confiada a los gobiernos.»

De Vries sacudió la cabeza. Salter Wherry era un hombre formidable, dispuesto a desafiar a los gobiernos del mundo… y a ganarles. ¿Tenía Judith el equipo necesario para jugar en su liga?

Cerró la carpeta con el rostro marcado por la preocupación. Un traslado a la Estación Salter sería fascinante. Pero la furia y la hipocresía gubernamental hacia las acciones de Wherry aún continuaban, sin que su éxito las hiciera disminuir… o tal vez era precisamente lo que las mantenía. La popularidad de las arcologías, y la cantidad de solicitudes para embarcar en ellas sólo añadía leña a la furia oficial. Si el Instituto se trasladaba, todo el mundo tendría que comprender que la decisión de unirse al imperio Wherry se añadiría al clamor general. Serían tildados de traidores por la prensa oficial de las Naciones Unidas.



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