El área en la que entraban parecía sustancialmente diferente de las partes de la Estación Salter que Judith ya había visto. En vez de paredes metálicas y remaches había suelos cubiertos de suaves alfombras y flanqueados por elaborados murales. En la puerta de una antecámara se encontraron con un jovencito vestido con un ajustado uniforme de color azul eléctrico. A Judith le pareció un chico atractivo, de no más de trece años. Su cara era suave, sin rastro de pelo.

—Ha decidido que la verá solo —dijo, con una voz aún sin formar del todo.

Hans Gibbs se encogió de hombros, miró al jovencito y luego a Judith.

—Te esperaré aquí. Buena suerte… y recuerda que tienes una carta que quiere con todas sus fuerzas.

Judith consiguió formar una sonrisa amarga.

—Y lo que quiere lo consigue, ¿no? Gracias de todas formas. Te veré luego.

Siguió al jovencito a través de la entrada adornada con cortinas. En la gravedad reducida, el chico andaba haciendo balancear elegantemente las caderas.

¿Lo hacía intencionadamente? Jan De Vries, probablemente, tenía razón sobre los gustos personales de Salter Wherry; aquel era uno de los típicos detalles que debía conocer. Judith intentó que sus movimientos fueran económicos y funcionales mientras le seguía por el suelo curvo de la cámara y entraba en otra habitación más grande, ésta sin ventanas. El muchacho se detuvo. Aparentemente habían llegado. Judith miró a su alrededor, sorprendida.

Habría podido comprender la opulencia. Éstas eran las habitaciones privadas de un hombre cuya fortuna excedía la de la mayoría de las naciones de la Tierra… quizá de todas ellas. ¿Pero aquello?

La habitación en la que habían entrado era fea y desnuda. En vez de las cortinas y murales de la antecámara, estaba contemplando unas paredes oscuras, un techo y un suelo sencillo, cubiertos de plástico. El mobiliario consistía en sillas de respaldo recto, un estrecho sofá y una vieja mesa de madera. Y había algo más, aún más extraño…



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